OPINION
Sheinbaum: aprobada a pesar de Morena
Periodismo MAS.
Juan Luis H. González S.
Hace más de un siglo, Max Weber formuló con precisión uno de los dilemas centrales del poder político moderno. En Economía y sociedad escribió: “La dominación, en el sentido más general de poder, es la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato determinado”. Esa obediencia, advertía, no se explica solo por la coerción, sino por algo mucho más frágil y decisivo: la creencia en la legitimidad de quien manda. En clave weberiana, cuando esa creencia se erosiona, el poder no se extingue de inmediato, pero sí se vuelve errático, contradictorio y cada vez más costoso de ejercer.
En el México actual, la legitimidad de la presidenta Claudia Sheinbaum se ha mantenido alta pese a un contexto adverso. La relación con Estados Unidos y Donald Trump, una agenda de seguridad que no da tregua, la presión económica regional y un entorno internacional incierto configuran un escenario que exige algo más que reflejos políticos. Exige método, consistencia, una visión clara del tipo de gobierno que se ejerce y una relación seria con el poder. En ese terreno, Sheinbaum ha mostrado atributos poco comunes en la política mexicana contemporánea.
La principal fortaleza de la presidenta es su credibilidad política. Gobierna con una lógica reconocible: orden, planeación y disciplina institucional. No improvisa, no sobreactúa, no gobierna desde la ocurrencia. Su estilo es sobrio, técnico, incluso austero. En un país saturado de frivolidad política, liderazgos performativos y fanfarronería permanente, esa sobriedad se ha convertido en un activo político que la ciudadanía reconoce.
Sin embargo, tras más de un año al frente del gobierno, Sheinbaum enfrenta un desafío que no proviene del exterior, sino del interior de su propio movimiento. El problema que se avizora no es su liderazgo, sino el entorno político que la rodea.
En los partidos que gobiernan, el liderazgo no se ejerce únicamente desde la presidencia. El poder se construye —y se desgasta— a través de gobernadores, alcaldes, legisladores y dirigentes que, con sus decisiones cotidianas, moldean la percepción pública de un proyecto político. Cuando esos actores actúan sin responsabilidad, sin oficio o sin controles, no se dañan solo a sí mismos: erosionan la legitimidad del liderazgo central.
En los estados, el problema para Morena se ha vuelto cada vez más visible. Administraciones desordenadas, improvisadas o políticamente precarias proyectan una imagen de deterioro que Morena no ha logrado contener. Casos como el de Sinaloa, Campeche o Veracruz no son episodios aislados, sino expresiones de una falla estructural en la selección de perfiles y en la conducción política territorial. A esa lógica se suman episodios como el del alcalde de Tequila y el del legislador local del PT, Leonardo Almaguer, en Jalisco: ejemplos claros de cómo los escándalos locales puede convertirse en un problema nacional que pone en evidencia la ausencia de filtros, tolerancia al error y normalización de la mediocridad política.
A nivel federal, el entorno tampoco ayuda mucho a la presidenta. Figuras como Adán Augusto López, Ricardo Monreal o Gerardo Fernández Noroña suelen aportar más ruido que conducción, más protagonismo personal que cohesión institucional. En lugar de fortalecer el liderazgo presidencial, muchas veces lo exponen innecesariamente.
En contraste, Sheinbaum aparece como una mujer de Estado que entiende el poder no como simple narrativa, sino como responsabilidad permanente. Tiene convicciones ideológicas claras, pero también una comprensión pragmática del gobierno. No confunde lealtad con complacencia ni autoridad con estridencia. Esa combinación explica por qué conserva niveles de confianza que no se corresponden con el desempeño de muchos cuadros y gobiernos locales de su partido.
En términos weberianos, Sheinbaum ha logrado sostener la obediencia legítima porque no ha erosionado la creencia en su autoridad. El problema es que esa autoridad convive con personajes y con un partido que no está asumiendo el costo colectivo de sus errores.
En política, el liderazgo no se mide solo por la capacidad de decidir, sino por la capacidad de ordenar a los propios. Mientras las tribus y los guías morales de Morena y sus aliados no entiendan esa diferencia elemental, su principal activo seguirá gobernando con un lastre innecesario: el de cargar con errores que no le pertenecen, pero que inevitablemente la alcanzan.
